Mi primer RAE fue una versión rústica que me acompaño en tardes de deberes, tirada en la alfombra, intentando descifrar la complicada, por entonces, ortografía española. Me dormía, inevitablemente, agotada con modismos y refranes incomprensibles. Me despertaba con el diccionario clavado en la cara o en el pecho... Llena de moretones ortográficos.