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lunes, 14 de mayo de 2012

Corro y me acelero...

Los chupas me los compré en la primera gasolinera española donde reposté un gasóleo cada vez más caro. Hacía años que no los probaba. Chupas de fresa, enormes, con chicle dentro y puro azúcar. Y de repente me  acuerdo de tí. No sé si ha sido el roce de mis muslos al embragar y desembragar o Manolo Garcia cantando: "... que culpa tengo de que seas tan fiera.."  No sé. 

Quizás haya sido, simplemente, la forma de este chupa chups que saboreo, con él que juego como jugaría contigo: despacio y suave o rápido y fuerte, según me apetezca, según te apetezca. Me estiro desde la punta de los dedos de los pies a los dedos de la mano. Un placer sencillo e instantáneo por adelantado.

Corro,  me acelero en la noche de esta autopista vacía que ya me conozco, la que me lleva hacia ti, con el coche lleno de chuches y la cabeza llena de... malos pensamientos. ¡Muy, muy malos!




viernes, 4 de mayo de 2012

La que no tiene cabeza tiene que tener piernas...

Dice el refrán: Quien no tiene cabeza ha de tener piernas...
Pues sí, menos mal que tengo piernas para ir y venir varias veces a los insospechados lugares donde pierdo las cosas que mi cabeza olvida. 


Entre idas y venidas me intercepta.
- Bonitas piernas- dices- ¿A qué hora abren?
Normalmente, aquí soltaría uno de eses insultos sonoros y fuertes que he aprendido en los mejores y más elitistas colegios públicos. Hoy no. Hoy reto.
- Tienen contraseña y clave secreta.
- Hum.
Reflexiona. No le llevara mucho.
La contraseña, su señoría se la sabe, sólo tiene que mezclar unas cuantas palabritas sin importancia, un verbo: amar... con algún adverbio sencillo: siempre, cada vez más...
Le llevará algún tiempo más descubrir que si coloca su palma suavemente entre mis muslos tal vez logre teclear la combinación exacta. Tal vez.




El-la

viernes, 20 de abril de 2012

Las leyes de la distancia.

Lejos, otra vez.
De todas las leyes tiránicas que impone la distancia, la peor no es saberme lejos de tus labios o de tu sonrisa de medio lado o de la imponente presencia de tu sexo.
Mi cuerpo se acostumbra a la dulce y tranquila ausencia de deseo ... No estás tu para abrir mi piel con tus caricias... No estás tú  para incendiarlo con tus tácticas de hombre o tus juegos de niño.  Ni la esponja ni el agua caliente de la ducha despiertan este cuerpo dormido y cerrado.
Estás, como no, donde siempre: en mi cabeza dónde reinas, en mi corazón vivo gracias a tus cuidados y en el hueco triangular que limita con mis muslos. 
Lo peor es que durante un momento de cada hora... me enfado con el destino, con los dioses desconocidos,  con las leyes de este espacio. Es injusto, me repito. Es injusto. Era mi privilegio. Se me había otorgado. ¿Por qué pues no puedo disfrutar del derecho a mirar tus ojos por lo menos un instante cada día? Esto es lo peor de las injustas leyes  que impone la distancia.